A las puertas de la gran final del Mundial de Fútbol 2026, el mundo vuelve a confirmar que este torneo es mucho más que una competición deportiva. Es un escenario donde se ponen a prueba el talento, la resiliencia, la confianza y el liderazgo. Cuando el fútbol alcanza su máxima expresión, deja de hablar solo de goles para empezar a hablar de personas, de equipos y de países capaces de inspirar a millones. Ahí es donde comienza la conversación que realmente me interesa: la del liderazgo compartido.

Hay personas que lideran desde el talento. Otras desde el ejemplo. Algunas desde la resiliencia y, unas pocas consiguen algo extraordinario: inspirar a generaciones enteras.

Si hablamos de liderazgo en la historia de los Mundiales, mi corazón se va inevitablemente a Colombia. Pienso en ese “olimpo” del fútbol colombiano formado por Carlos Valderrama, René Higuita, Freddy Rincón, Mario Yepes y James Rodríguez. Cinco líderes de generaciones distintas que, cada uno a su manera, marcaron la historia de nuestra selección y dejaron una huella que trasciende el deporte.

Equipo Colombia Mundial Foto de Agencia EFE

El Pibe Valderrama fue el estratega. El capitán samario que enseñó que un líder no necesita correr más que nadie cuando es capaz de hacer jugar mejor a todos los demás. Su visión, serenidad y capacidad para conectar al equipo convirtieron el talento colectivo en identidad.

René Higuita revolucionó una posición entera. Se atrevió a romper los moldes cuando casi nadie lo hacía. Su liderazgo fue el del inconformista: demostrar que innovar implica asumir riesgos y que, incluso cuando el resultado no acompaña, quien cambia las reglas deja una influencia que perdura durante décadas. El portero jugador fue elegido por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol como el octavo mejor guardameta sudamericano del siglo XX en 2004.

Freddy Rincón representó el carácter. Potencia, compromiso y liderazgo silencioso. Su histórico gol frente a Alemania en Italia 90 no solo clasificó a Colombia por primera vez a unos octavos de final; simbolizó la convicción de un equipo que dejó de sentirse inferior ante las grandes potencias.

El coloso de Buenaventura dejó este mundo demasiado pronto, con 55 años, pero permanece vivo cada vez que un colombiano recuerda aquel gol frente a Alemania, un instante que hizo creer a un país entero que podía competir de igual a igual con los gigantes del fútbol.

Mario Yepes encarnó el liderazgo desde la consistencia. Capitán de la mejor generación mundialista de Colombia, transmitió equilibrio, disciplina y confianza. Fue la voz serena de un grupo que alcanzó por primera vez los cuartos de final de un Mundial.

James Rodríguez demostró que el liderazgo también puede ejercerse desde la inspiración. Su inolvidable Mundial de Brasil 2014, con seis goles y la Bota de Oro, hizo soñar a un país entero y recordó al mundo el talento que Colombia podía ofrecer.

Cinco estilos diferentes. Cinco formas de liderar. Cinco maneras de entender el compromiso con un país. Un mismo legado: demostrar que el liderazgo no tiene una única forma de expresarse cuando el propósito es compartido.

Afición colombiana en Miami Foto de Reuters

Del liderazgo individual al liderazgo colectivo

Este Mundial me ha llevado a una reflexión diferente: el mayor liderazgo no siempre tiene nombre y apellido. Ni la mayor victoria es levantar la copa, aunque nos hubiera hecho inmensamente felices. La verdadera victoria ha sido otra. Colombia volvió a un Mundial tras ocho años de ausencia y desató una auténtica fiebre amarilla. Cada estadio y cada ciudad visitada se tiñeron de amarillo, como si las mariposas del Macondo de Gabo hubieran decidido acompañar a la Selección en su viaje.

Durante unas semanas, millones de compatriotas dejamos a un lado nuestras diferencias, las preocupaciones e incluso el ruido de una intensa campaña presidencial para compartir un mismo sentimiento de país. Un grupo de jóvenes corriendo detrás de un balón consiguió algo que pocas iniciativas públicas, empresariales o políticas logran: unir a millones de personas alrededor de una ilusión compartida.

Y ahí reside la grandeza del liderazgo. A veces consiste en movilizar, inspirar y recordar a las personas que forman parte de algo más grande que ellas mismas. En las empresas ocurre exactamente igual. Hay directivos brillantes que obtienen resultados extraordinarios. Pero los líderes que dejan huella son aquellos que consiguen construir equipos capaces de inspirar, de generar confianza y de hacer que las personas quieran dar lo mejor de sí mismas por un propósito compartido.

Los grandes líderes dejan resultados.

Los equipos que trascienden dejan legado.

Y eso fue lo que nos regaló esta Selección: durante unas semanas, nos recordó que todos jugábamos el mismo partido.

Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja cualquier Mundial. Los nombres permanecen en la memoria, pero los equipos capaces de unir a todo un país permanecen en la historia.

El liderazgo puede comenzar en una persona, pero solo cambia la historia cuando se convierte en una cultura compartida. Cuando deja de ser el brillo de una estrella para convertirse en la fuerza de un equipo. Cuando logra que personas diferentes crean en un mismo propósito y avancen en la misma dirección.

Eso fue lo que consiguió Colombia durante unas semanas. No solo jugar un Mundial. Consiguió recordarnos que el verdadero liderazgo no siempre levanta una copa. A veces, simplemente, hace que todo un país vuelva a creer.

Publicado en Mundiario