El terremoto de este 10 de agosto ha golpeado con una magnitud de 7,4 el occidente del país, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El balance, todavía provisional mientras continúan las labores de búsqueda y rescate, supera ya los 138 fallecidos, en torno a 570 heridos y cientos de personas desaparecidas. Más de 60 edificios han colapsado y en torno a 5.000 viviendas han resultado afectadas. Pereira, Cali, Manizales, Armenia y Quibdó están entre las ciudades que más han sufrido daños.

A todos los colombianos, mi más sentido pésame. A quienes hoy lloran a sus muertos, a quienes buscan a sus familiares entre los escombros, a quienes han perdido su casa, sus pertenencias y la tranquilidad de sentirse a salvo. A todos los que han sufrido en primera persona la dureza de este terremoto, en las distintas zonas afectadas, quiero hacerles llegar un abrazo que, aunque desde lejos, nace del mismo lugar: del corazón de una colombiana que hoy siente a su país herido.

En la distancia, la palabra es la fuerza que nos une y, cuando las palabras ya no alcanzan, a los creyentes nos queda la oración. Hoy Colombia necesita ambas: que el mundo conozca la dimensión de su dolor y que no le falte la solidaridad necesaria para levantarse.

Equipos de rescate Foto de REUTERS

Apenas tres días atrás, el 7 de agosto, Colombia amanecía para asistir a la posesión de un nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, y lo hacía mirando hacia el futuro, poniendo en manos de Dios los nuevos designios de la patria. Hoy la misma patria está de rodillas.

No es una metáfora menor. Colombia es un país acostumbrado a levantarse. Lo ha hecho después de décadas de violencia, de tragedias naturales y de tantas heridas que parecían imposibles de cerrar. Ahora vuelve a tocar hacerlo frente a una fuerza que no entiende de ideologías, de gobiernos ni de fronteras: el poder de la tierra.

Y Colombia no llega sola a este episodio. Hace menos de dos meses, Venezuela sufrió dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que provocaron una catástrofe de dimensiones enormes. El balance oficial más reciente supera los 5.000 fallecidos, con miles de heridos y familias que siguen sin vivienda. Dos países vecinos, dos tragedias sísmicas nos unen en breve tiempo.

Colombia sabe lo que significa mirar una tragedia

El 25 de enero de 1999, un terremoto de magnitud 6,1 sacudió el Eje Cafetero. Armenia sufrió las mayores pérdidas: 921 personas murieron y más de 21.000 viviendas resultaron destruidas, según el Servicio Geológico. Colombia no vivía una tragedia sísmica de esta dimensión desde entonces.

También viene a mi memoria la erupción del Nevado del Ruiz en noviembre de 1985. Provocó una avalancha de lodo que sepultó Armero y dejó más de 25.000 muertos. Entre ellos estaba Omayra Sánchez, una niña de 13 años cuya imagen dio la vuelta al mundo. Durante casi tres días permaneció atrapada entre el lodo y los restos de su casa, mientras hablaba con quienes acudían a ayudarla y con los periodistas que transmitían al mundo su agonía. Rezaba, lloraba… siguió hablando hasta que su voz se apagó.

La historia de Omayra también recuerda algo que las grandes tragedias suelen poner frente a nuestros ojos: que el impacto de un desastre nunca se distribuye por igual. Golpea con mayor dureza a quienes ya viven en condiciones de mayor vulnerabilidad.

Esta vez el epicentro está en Chocó

Ese dato me obliga a mirar más allá de la tragedia inmediata porque Chocó no es solamente uno de los territorios afectados, es también el departamento con mayor pobreza monetaria de Colombia: según el DANE, el 67,4% de su población se encontraba en esa situación en 2024.

Eso significa que reconstruir no será simplemente volver a levantar paredes. Para muchas familias, perder una vivienda puede significar perder prácticamente todo. Para comunidades que ya parten de una situación de enorme vulnerabilidad, un desastre natural puede convertirse en una crisis económica, social y familiar que se prolongue durante años.

Reconstruir será el gran desafío

El presidente De la Espriella ha declarado “el desastre nacional” y ha situado las labores de rescate como prioridad de la respuesta del Estado. La comunidad internacional ha comenzado también a movilizarse: Estados Unidos, México, Venezuela, Ecuador, Brasil, Chile, Panamá, El Salvador, Guatemala, España y otros países han expresado su solidaridad y ofrecido asistencia.

La Unión Europea ha activado además su sistema Copernicus para apoyar la evaluación de daños y las tareas de emergencia. La CAF ha anunciado una donación de 500.000 dólares a Colombia y la ONU también está presto a asistir al país.

Sirva mi voz para hacer también un llamamiento a los inversores y empresas españolas que durante años han confiado en Colombia y en su talento. Hoy el país necesita solidaridad, pero también requerirá más inversión, empleo y proyectos que contribuyan a la reconstrucción de las zonas más afectadas. Esta tragedia requiere movilizar nuevas formas de colaboración y compromiso con un país que seguirá necesitando capital, conocimiento y confianza para recuperarse. Me atrevo, desde aquí, a lanzar la primera piedra de ese SOS solidario.

El dolor no conoce distancia

No quiero terminar hablando de cifras. Quiero hacerlo rindiendo homenaje a quienes están allí, sacando piedras con las manos. Bomberos, policías, médicos, voluntarios y vecinos que buscan vida entre los escombros. A quienes llevan agua, comida o una manta. A los donantes, a los que llaman para apaciguar el dolor, a los que rezan.

Y quienes estamos lejos también podemos estar allí porque desde la distancia se puede abrazar a un país. Zoila Devoz es un ejemplo. Periodista y líder institucional colombo-española, contaba ayer que ya tenía un grupo de rescatistas españoles preparado para ofrecer su ayuda al pueblo colombiano. Como ella, son muchos los que, desde fuera, buscan la manera de arrimar el hombro.

Una parte de nosotros está hoy en las calles de Pereira, Cali, Manizales, Armenia y Quibdó. Está con las familias que lloran a sus muertos, con quienes todavía buscan a los suyos y con quienes han perdido su casa y tendrán que empezar de nuevo.

A todos ellos quiero decirles que su dolor también es nuestro. Que no están solos. Y que Colombia volverá a levantarse, como tantas veces lo ha hecho, con la fuerza de su gente y con la solidaridad de quienes no miremos hacia otro lado. Estamos de luto, sin olvidar el poder de la misericordia y la esperanza. Que Dios bendiga a Colombia.